LOS PIRATAS DE CIUDADELA

  Una vez mi abuela enfermó severamente y tuve que pasar una temporada en la casa del tío Juan y la tía Juana, en Ciudadela, pero el tío Juan ya no estaba, había abandonado a la tía, así que mejor sería decir la casa de la tía Juana solamente. En los recuerdos que tengo de esa época en su casa con referencia al lugar no abundan muchos nombres propios, por ejemplo no recuerdo el nombre de la calle donde vivía ni el de la escuela en que me anotaron, que quedaba a una cuadra, enfrente de la papelería donde me gustaba pararme a ver los soldaditos de plástico distribuidos en la única vidriera. Al lado de la escuela había un árbol de oliva que daba aceitunas negras. A algunas cuadras había un club que se llamaba Brisas y enfrente del departamento de mi tía vivía Ernesto. 

En seguida nos hicimos amigos inseparables. La madre tenía un pequeño taller de costura, pero del padre no tengo ningún recuerdo, tal vez trabajaba todo el día y volvía a la noche por eso no me acuerdo de haberlo visto nunca. Nos gustaba deambular por los techos y las terrazas en la manzana de mi tía, porque del lado de Ernesto eran todas casas bajas, con techos de chapas de zinc y tejas, que además de ruidosos y eran inclinados, es decir imposible de andar por ellos si no se nace gato o pajarito. Recorríamos de techo en terraza la manzana entera y solíamos pasar tardes enteras entre los cachibaches que la gente juntaba allí, y conocíamos, seguramente, cada recoveco mejor que sus dueños, que, debajo de nuestros pies, no advertían nuestra presencia sobre sus cabezas. Allá arriba era nuestro reino en las alturas. Recuerdo que había, sobre la cuadra que daba a una avenida, un muñeco enredado en los cables de luz al que le habían hecho un precario paracaídas, al cual nunca conseguimos desengancharlo, por desgracia nunca encontramos ningún palo, vara o caña suficientemente larga para hacerlo bajar de los cables, así que un día nos cansamos de tirarle cascotazos que además de no hacerlo desenganchar caían sobres los vehículos que pasaban. Otras de las cosas que ocupaban algunas de nuestras tardes (de mañana teníamos clases) eran los picados en la vereda; como mi tía no me dejaba salir a la calle en esas horas en que se echaba a dormir la siesta, yo me escapaba por el balcón, del cual bajaba a la vereda deslizando por un poste de luz, y a la hora de despertarla, volvía trepando por el tapial de la casa de al lado y al rato, ya no clandestinamente sino con su permiso, volvía a la vereda de forma oficial. 

Al lado de la heladería de la esquina, sobre la avenida, en la manzana de Ernesto, había un caserón antiguo que creíamos abandonado. Una tarde en que estábamos sentados en el tapial de su casa, que justamente lindaba con el fondo del caserón, percibimos movimiento del lado de adentro; de repente un postigo se abrió, se trataba de un viejo, pero él no nos vio. Ernesto lo reconoció y dijo que era el dueño de la juguetería del otro lado de la avenida. Quizás fui yo, no recuerdo pero seguramente que sí, el que insinuó que bien el viejo podría usar el caserón como depósito. Listo, eso bastó para encender una chispa maligna en nuestros pensamientos. Bajamos rápido y fuimos a sentarnos en la vereda de la heladería, al rato vimos al viejo sacar una cajas, cerrar con llave y cruzar la avenida y entrar en la juguetería. El caserón solo podía tratarse de un depósito, de que más podría tratarse; un depósito lleno de juguetes, es decir el paraíso terrestre de todo niño, la cueva del tesoro al otro lado del tapial de la casa de Ernesto y nosotros, los piratas que entrarían en ese mismo momento. No recuerdo cómo hicimos para entrar, ni con qué pudimos forzar la puerta del fondo, pero lo conseguimos. Mientras nos turnábamos para espiar por una ventana del frente si no volvía el viejo, cada uno fue manoteando lo que encontrase interesante; la pelota de fútbol fue la primera opción por unanimidad. De mi parte, me llené los bolsillos de indios y vaqueros de plástico con sus caballos, porque eran de los que se podían separar de la montura, y soldaditos y granaderos, y algunos autitos. Nada de bolsa llenas de juguetes porque nos hubiéramos entusiasmado y el robo llamaría la atención del viejo, y Ernesto, tapial de por medio de la propiedad, el primer sospechoso, y yo también, por amigo inseparable, y además no teníamos ningún lugar seguro donde esconder el botín caso fuera considerable. Estaba la casa abandonada al lado del edificio de tía Juana, pero cualquier chico, apenas cayera la pelota adentro, podría fácilmente descubrir los juguetes. La táctica funcionó, porque al otro día una gruesa cadena sobresalía de un hueco hecho en la puerta y entraba por otro en la pared, y nadie apareció preguntando nada. También, mientras estaba revolviendo cajas, había encontrado varias chapas esmaltadas y en relieve con motivos religiosos; no sé por qué se me dio por pensar en la tía, quizás por verla siempre afligida por lo del tío Juan; lo cierto es que agarré unas cuantas y se las llevé de regalo, diciéndole que las había encontrado tiradas en la vereda de la otra cuadra, sin especificarle a cual cuadra me refería. Ella se puso contenta y las distribuyó en la cómoda donde tenía otros tantos santos, vírgenes, Cristos, cruces, una foto de Seferino Namuncurá y otra de la difunta Correa y creo que hasta una del cura Brochero, a los que de vez en cuando les prendía una vela sobre un platito de postre de porcelana. 

Los muñequitos y los autitos pasaron desapercibidos porque ya tenía un montón dentro de una caja, la pelota entretanto la mantuve escondida en la terraza dentro de una lata de pintura boca abajo, de esas cuadradas, a la cual le habían cortado la parte de arriba y puesto un alambre con un pedazo de manguera de goma para acarrear agua; cuando ya estuvo bastante gastada debido a las baldosas de la vereda, le dije a mi tía que la había encontrado al costado del cordón de la vereda de la otra cuadra, sin especificarle a cual cuadra me refería. 

   Qué suerte que tenés vos, me dijo, vivís encontrando cosas. Yo puse cara de ángel y di de hombros, qué más podía hacer. 

                                                                            

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LOS PIRATAS DE CIUDADELA por FRANCISCO A. BALDARENA se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.
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