LAS SOMBRAS
Despertó y no reconoció el lugar donde estaba, mucho menos cómo había llegado allí. Levantó la vista; el sol, ya alto y fuerte, lo obligó a cerrar los ojos inmediatamente. Cuando la vista dejó de arderle, con una mano a modo de visera escrutó los alrededores, nada había, solo inmensidad de tierra árida y arbustos resecos. Se preguntó hacia donde debería dirigir sus pasos, y justo en ese momento vio la sombra de su brazo derecho indicarle una dirección. Sorprendido, miró el brazo, lo tenía pegado al cuerpo, pero pensando que aquello fuera obra del Señor se encaminó hacia la dirección indicada por el brazo. Sus pasos errantes lo llevaron al encuentro de la línea asfaltada de una carretera solitaria; allí, nuevamente se preguntó qué dirección tomar y otra vez la sombra de su brazo derecho le indicó el rumbo a seguir. Obedeció. Algunos kilómetros adelante, llegó a un bar al costado de la carretera. Entró. No había ningún cliente, solo un hombre con cara de aburrido detrás de un mostrador. Pidió un vaso de agua y el hombre le arrimó una jarra llena y un vaso. Bebió toda el agua y eso le despertó el apetito; preguntó por el precio de un plato de comida y el hombre le dijo que costaba noventa y nueve pesos. Metió las manos en los bolsillos nada encontrando; de pronto notó la sombra de su mano izquierda que le señalaba un lugar determinado del piso, llevó su mirar hacia el lugar indicado y vio un billete de cien.
Ah, ahí está, dijo, fingiendo sorpresa, se me había caído. Juntó el billete y se lo pasó al hombre.
Quédese con el vuelto, por el agua, dijo. Cuando el hombre le trajo el plato se fue a comer en una mesa al fondo del local. Ya terminaba la comida cuando estacionó una camioneta. El conductor irrumpió en el bar golpeando la puerta con brusquedad y, dirigiéndose al dueño con un dedo acusador, le reclamó los cien pesos que no le había devuelto cuando pagara, media hora atrás. De inmediato bajó la mirada y se hundió en la silla; mientras pensaba cómo haría para esfumarse del bar, notó que la sombra de su brazo izquierdo señalaba hacia atrás; se dio vuelta, una puerta con una pequeña ventana, en el fondo, donde estaban los baños, en silencio le mostraba una salida alternativa. Con pasos invisibles llegó a la puerta, por la ventanita vio la tierra árida extendiéndose hacia el infinito. Respiró profundo y tanteó el picaporte, estaba sin llave, exhaló aliviado. Ni bien salió, empezó a correr lo más que le daban las piernas, y cuando ya no pudo más siguió arrastrándose hasta que, exhausto, se quedó debajo de un arbusto, cual liebre acosada por sus perseguidores. Por entre el follaje vio pasar varias veces la camioneta hacia un lado y otro de la carretera, pero después de un tiempo no la volvió a ver. Sin atreverse a asomar la cabeza, se quedó acostado allí hasta que, finalmente, anocheció.
¿Y ahora que haré?, musitó, sabiendo que las sombras de sus brazos no podrían ayudarlo. De pronto oyó varias voces en coro, que le pareció que venían de todos los lados al mismo tiempo, decirle:
No te preocupes que nosotras velaremos por ti, luego callaron, y él acomodó ambas manos debajo de la cabeza; al rato el sueño lo abrazó.

LAS SOMBRAS por Francisco A. Baldarena se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://creativecommons.org/choose/?lang=es#metadata.
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