LA DOCTORA SHELLEY

  Ya era tarde noche cuando insistentes golpes en la puerta retumbaron por los amplios salones del castillo y llegaron hasta las catacumbas donde la doctora Mary Shelley se abocaba a unos de sus experimentos. Ella largó los instrumentos y fue a ver quién era. 

   Se lo suplico, doctora Mary, tiene que ayudarme, dijo el hombre. A su lado, sobre una carretilla yacía una hermosa joven partida al medio. 

   Tiene que juntarla, por favor. No sé que haría sin ella, insistía el hombre. La doctora, conmovida por las palabras del hombre, accedió al pedido y dos horas después el hombre, que había quedado del lado de afuera del laboratorio, vio la puerta abrirse y a su joven esposa salir caminando, no sin alguna dificultad. 

   Mil gracias, doctora, le dijo el hombre. 

   No hay de qué, dijo ella, pero le sugiero que le dé otro uso al serrucho. ¿Quién sabe la carpintería sea lo suyo?, porque la magia, definitivamente, no es para usted. 

                                                                      

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LA DOCTORA SHELLEY por Francisco A. Baldarena se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.
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