LA ENVIDIA

 A mí particularmente me gustaba su aspecto tirando a gótico, pero no a él. De esto nosotros, los ocupantes, no nos dimos cuenta de inmediato, sino después de varios días. Para que se entienda: debo decir que no hubo manera de ingresar al edificio; las llaves entraban en la ranura de la cerradura pero no giraban, y no hubo barreta que destrancara la puerta principal, ni el portón del garage ni las ventanas. Ni el pico que nos prestó un vecino surtió efecto. Los que no teníamos vehículos donde guarecernos permanecimos tres días durmiendo en la vereda hasta que una noche alguien, no recuerdo quién exactamente, comentó lo bonito y moderno que era el edificio del otro lado de la calle. En ese momento todos oímos un quejido a nuestras espaldas. Era él, enviándonos una señal que captamos de inmediato casi todos. Por la mañana hicimos una vaca y compramos pintura de colores alegres, tal cual estaba pintado el edificio de enfrente, pinceles y brochas, y pedimos escaleras prestadas a los vecinos. Ya casi estábamos acabando, un par de pinceladas apenas, cuando oímos el chirrido de la puerta principal que se abrió sola; entonces cada uno se dirigió a su respectivo apartamento. 

                                                                    Fin. 

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LA ENVIDIA por FRANCISCO A. BALDARENA se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.
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